El Agente secreto
El Agente secreto El señor Verloc movió las manos ligeramente, como si estuviera desbordado por una sugerencia imposible. Pero una vez arrastrado a la sala, no rechazó la comida que le habían puesto delante. Comió como si se encontrara en un lugar público, con el sombrero dejándole toda la frente al descubierto, mientras las colas de su pesado abrigo le colgaban en forma de triángulo a cada lado de la silla. Y a través de la extensión de la mesa cubierta con un mantel marrón, Winnie, su esposa, le hablaba con su charla conyugal sedante, tan diestramente adaptada, sin duda, a las circunstancias de este regreso, como la charla de Penélope al retorno del errante Odiseo. Sin embargo, la señora Verloc no había hecho labores de tejido durante la ausencia de su esposo. Pero había hecho limpiar a fondo la habitación de arriba, había vendido algo de mercadería, había visto varias veces al señor Michaelis. Él le había contado la última vez que se iba a vivir a una cabaña en el campo, algún lugar situado en la línea de Londres, Chatam y Dover. Karl Yundt había venido, también, una vez, conducido del brazo por esa «anciana y perversa ama de llaves suya». Era «un viejo repelente». Dei camarada Ossipon, que ella había recibido con sequedad, atrincherada detrás del mostrador con cara de palo y una mirada distante, no dijo nada, pero su referencia mental al robusto anarquista estuvo señalada por una breve pausa, con el más leve de los rubores posibles. Y llevando a colación tan pronto como pudo el tema de su hermano Stevie en el transcurso de los sucesos domésticos, dijo que el muchacho había estado bastante triste.