El Agente secreto

El Agente secreto

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Al otro lado de la puerta las voces bajaron mucho de tono. Ella captaba de vez en cuando alguna palabra, a veces en la voz de su marido, a veces en los tonos suaves del inspector jefe. Escuchó decir a este último:

—Creemos que tropezó contra la raíz de un árbol.

Hubo un murmullo ronco, voluble, que duró un tiempo, y después el inspector jefe, como si contestara un interrogatorio, habló en forma enfática:

—Por supuesto. Volado en pedazos: miembros, gravilla, ropa, hueso, astillas… todo mezclado. Le diré que tuvieron que buscar una pala para poder juntarlo.

La señora Verloc saltó de pronto de su posición encuclillada, y dejando de escuchar, erró de un lado a otro entre el mostrador y las estanterías del muro y en dirección a la silla. Sus ojos enloquecidos cayeron sobre la hoja deportiva que había dejado el inspector jefe, y mientras se golpeaba contra el mostrador, la arrebató de un manotazo, se dejó caer en la silla, desgarró la hoja optimista, rosácea, al tratar de abrirla, y después la arrojó al suelo. Al otro lado de la puerta, el inspector jefe Heat decía al señor Verloc, el agente secreto:

—¿De modo que su defensa, en la práctica, será una confesión completa?

—Lo será. Voy a contar toda la historia.

—No se le creerá tanto como usted se imagina.


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