El Agente secreto

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El subcomisario hizo una pausa en sus especulaciones para darse un momento de reflexión.

—Pero no podría decir cómo, en este último caso, pensaba mantener oculta su propia participación en los hechos —continuó, en su ignorancia de la devoción del pobre Stevie por el señor Verloc (que era bueno), y de su estupidez verdaderamente extraña, que en el viejo asunto de los fuegos artificiales en la escalera había resistido durante muchos años súplicas, presiones, enojos, y otros métodos de investigación utilizados por su querida hermana. Porque Stevie era leal…—. No, no puedo imaginármelo. Es posible que no pensara siquiera en eso. Resulta extravagante plantearlo así, Sir Ethelred, pero su estado de desánimo me sugirió la idea de un hombre impulsivo que, después de suicidarse creyendo que así terminarían todas sus preocupaciones, descubriera que nada de eso había ocurrido.

El subcomisario dio esta definición en tono de disculpa. Pero existe en verdad una clase de lucidez que es propia del lenguaje extravagante, y el gran hombre no se dio por ofendido. Un leve y súbito movimiento del voluminoso cuerpo medio perdido en la penumbra de las pantallas de seda verde, de la voluminosa cabeza reclinada en la enorme mano, acompañó a un sonido intermitente, retenido, pero poderoso. El gran hombre se había reído.

—¿Qué ha hecho usted con él?

El subcomisario respondió con suma prontitud:


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