El Agente secreto

El Agente secreto

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—Bien, bien —murmuró el señor Verloc en su asombro. ¿Qué pretendía ella con eso? ¿Evitarle la molestia de mantener un ojo inquieto puesto en Stevie? Lo más probable era que su intención hubiera sido buena. Sólo que debería haberlo informado sobre la precaución que había tomado.

El señor Verloc caminó detrás del mostrador de la tienda. No tenía la intención de abrumar a su mujer con amargos reproches. El señor Verloc no sentía amargura. La marcha inesperada de los acontecimientos lo había convertido a la doctrina del fatalismo. Ahora no había nada que hacer. Dijo:

—No quise que el niño sufriera daño alguno.

El sonido de la voz de su marido hizo estremecerse a la señora Verloc. No se descubrió la cara. El confiable agente secreto del difunto barón Stott-Wartenheim la miró un tiempo con una mirada pesada, persistente, que no discernía. A sus pies yacía el diario despedazado de la tarde. No podía haberle dicho mucho. El señor Verloc sentía la necesidad de hablarle a su mujer.

—¿Es ese condenado de Heat… eh? —dijo—. Y te perturbó. Es un animal, lanzarle todo eso a una mujer. Yo me había enfermado pensando en la manera de decírtelo. Estuve sentado durante horas en el saloncito de Cheshire Cheese meditando sobre la mejor manera. Tú comprendes que nunca quise que a ese niño le sucediera nada.


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