El Agente secreto
El Agente secreto El señor Verloc nunca había esperado enfrentarla por causa de muerte, ya que contra su carácter catastrófico nada se puede argumentar con razonamientos sofisticados o con persuasiva elocuencia. El señor Verloc nunca quiso que Stevie pereciera con tan abrupta violencia. Nunca quiso que pereciera en absoluto. Stevie muerto constituía un estorbo mucho mayor de lo que nunca había sido en vida. El señor Verloc le había vaticinado una salida favorable a su empresa, sin basarse para ello en la inteligencia de Stevie, que a veces le hace extrañas jugadas a un hombre, sino en la ciega docilidad y en la ciega devoción del muchacho. Sin tener mucho de psicólogo, el señor Verloc había sondeado la profundidad del fanatismo de Stevie. Se atrevía a acariciar la esperanza de Stevie saliendo de los muros del Observatorio, tal como se le había instruido que hiciera, tomando el camino que se le había indicado muchas veces previamente, y juntándose con su cuñado, el sabio y bondadoso señor Verloc, fuera del recinto del parque. Quince minutos debían haber bastado para que el mayor de los imbéciles depositara el artefacto y se marchara. Y el Profesor había garantizado más de quince minutos. Pero Stevie había tropezado a los cinco minutos de haber sido dejado solo. Y el señor Verloc quedó moralmente deshecho. Todo lo había previsto, menos eso. Había previsto a Stevie distraído y perdido —buscado— encontrado por fin en algún cuartel de policía o en un asilo de provincia. Había previsto el arresto de Stevie, y no tenía miedo, porque el señor Verloc tenía una gran opinión de la lealtad de Stevie, que había sido cuidadosamente adoctrinado con la necesidad del silencio durante sucesivas caminatas. Como un filósofo peripatético, el señor Verloc, deambulando a lo largo de las calles de Londres, había modificado el concepto de Stevie de la policía mediante conversaciones llenas de sutiles razonamientos. Nunca un maestro había tenido un discípulo más atento y embelesado. La sumisión y la adoración eran tan evidentes, que el señor Verloc había llegado a sentir algo semejante al afecto por el muchacho. En todo caso, no había previsto la rápida conexión entre el muchacho y él mismo que podría establecerse. Lo último que el señor Verloc habría imaginado era que su mujer descubriera la precaución de coser la dirección del niño en el interior de su abrigo. Uno no puede pensar en todo. Eso quería indicar ella cuando dijo que él no necesitaba preocuparse si Stevie se le perdía durante sus paseos. Ella le había asegurado que el niño regresaría perfectamente. Pues bien, ¡había regresado con una venganza!