El Agente secreto

El Agente secreto

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—¡Mira! No puedes sentarte así en la tienda —dijo con afectada severidad, en la cual había algo de verdadera inquietud; porque había asuntos prácticos urgentes que conversar, aun cuando tuvieran que estar en pie toda la noche—. Alguien podría entrar en cualquier minuto —añadió, y esperó de nuevo. No se produjo efecto alguno, y al señor Verloc se le ocurrió durante la pausa la idea de lo irremediable de la muerte. Cambió de tono—. Vamos. Esto no lo traerá de vuelta —dijo, suavemente, sintiéndose dispuesto a tomarla en sus brazos y estrecharla contra su pecho, donde la impaciencia y la compasión se hospedaban lado a lado. Pero con la salvedad de un breve temblor, la señora Verloc no pareció afectada por la fuerza de ese terrible tópico. El que resultó conmovido fue el propio señor Verloc. Estaba conmovido en su simpleza de exigir moderación para afirmar los derechos de su propia personalidad.

—Sé razonable, Winnie. ¿Qué hubiera sucedido si me hubieras perdido a mí?

Vagamente había esperado escucharla llorar. Pero ella no se movió. Se echó un poco hacia atrás, tranquilizada hasta una inmovilidad completa, impenetrable. El corazón del señor Verloc empezó a latir más rápido con exasperación y con algo semejante a la alarma. Puso la mano en su hombro, diciendo:

—No seas tonta, Winnie.


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