El Agente secreto
El Agente secreto Ella no hizo signo alguno. Era imposible hablar de nada con una mujer a quien no se le podía ver la cara. El señor Verloc cogió las muñecas de su mujer. Pero sus manos parecían pegadas con cola. Ella se balanceó hacia adelante con el tirón, y casi se cayó de la silla. Asustado de sentirla tan irremediablemente inválida, estaba tratando de volver a colocarla en su silla cuando de pronto se puso toda rígida, se desprendió de sus manos, corrió fuera de la tienda, a través de la sala, y entró a la cocina. Esto fue muy rápido. Él sólo pudo vislumbrar su cara y la parte de los ojos indispensable para percatarse de que ella no lo había mirado.