El Agente secreto

El Agente secreto

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Todo tuvo la apariencia de una lucha por la posesión de una silla, porque el señor Verloc tomó instantáneamente el lugar de su mujer en ella. El señor Verloc no se cubrió la cara con las manos, pero una sombría reflexión veló sus facciones. No se podía evitar un período de cárcel. Él ahora no deseaba evitarlo. Una prisión es un lugar situado tan a resguardo de ciertas venganzas ilegales como la tumba, con la siguiente ventaja, que en una prisión hay cabida para la esperanza. Lo que veía delante suyo era un período de cárcel, una salida rápida en libertad, y después la vida en algún lugar del extranjero, tal como ya lo había contemplado, en la eventualidad de un fracaso. Bien, era un fracaso, aunque no exactamente la clase de fracaso que había temido. Había estado tan cerca del éxito, que habría podido aterrorizar al señor Vladimir, sacándolo de sus feroces burlas, con esta prueba de eficiencia oculta. Así por lo menos le parecía ahora al señor Verloc. Su prestigio en la embajada habría sido inmenso si… si su mujer no hubiera tenido la desafortunada idea de coser la dirección en el interior del abrigo de Stevie. El señor Verloc, que no era un tonto, había advertido pronto el carácter extraordinario de la influencia que él tenía sobre Stevie, aun cuando no comprendía exactamente su origen: la doctrina de su suprema sabiduría y bondad inculcada por dos mujeres angustiadas. En todas las eventualidades que había previsto, el señor Verloc había hecho sus cálculos con una visión correcta de la lealtad instintiva y de la ciega discreción de Stevie. La única eventualidad que no había previsto lo había dejado consternado, en su condición de persona humanitaria y de marido afectuoso. Desde todos los demás puntos de vista constituía más bien una ventaja. Nada puede equipararse a la eterna discreción de la muerte. El señor Verloc, perplejo y asustado en su asiento del saloncito del Cheshire Cheese, no podía dejar de admitir eso en su fuero interno, porque nunca su sensibilidad se interponía en el camino de su juicio. La violenta desintegración de Stevie, por perturbador que fuese pensar en ella, sólo aseguraba el éxito; ya que, por supuesto, la finalidad de las amenazas del señor Vladimir no era derribar un muro, sino producir un efecto moral. Con mucha molestia e inquietud por parte del señor Verloc, se podía sostener que el efecto había sido producido. Cuando, sin embargo, del modo más inesperado, produjo sus frutos nocivos en Brett Street, el señor Verloc, que había luchado como un hombre envuelto en una pesadilla para preservar su posición, aceptó el golpe con el ánimo de un fatalista convencido. La posición se había perdido sin culpa de nadie, realmente. Había sido cosa de un pequeño, ínfimo factor. Era como resbalar en la oscuridad en una cáscara de naranja y romperse una pierna.


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