El Agente secreto
El Agente secreto Si evitaba mirar en dirección a su marido en reposo no era porque le tuviera miedo. El señor Verloc no ofrecía un espectáculo asustador. Parecía estar cómodo. Aún más, estaba muerto. La señora Verloc no abrigaba vanas ilusiones con respecto a los muertos. Nada los trae de vuelta, ni el amor ni el odio. Ellos no pueden hacerle nada a uno. Ellos son como nada. Su estado mental se hallaba teñido por una especie de austero desprecio por ese hombre que se había dejado matar tan fácilmente. Él había sido el amo de una casa, el marido de una mujer, y el asesino de su Stevie. Y ahora no contaba para nada en ningún aspecto. Tenía menos valor práctico que la vestimenta de su cuerpo, que su abrigo, que sus botas… que ese sombrero que yacía en el suelo. No era nada. No valía la pena mirarlo. Ya no era ni siquiera el asesino del pobre Stevie. El único asesino que sería encontrado en la sala cuando la gente viniera a buscar al señor Verloc sería… ¡ella misma!