El Agente secreto
El Agente secreto De hecho, el camarada Ossipon había estado merodeando durante un buen par de horas en las cercanías de Brett Street, incapaz de decidirse a tomar una acción audaz. El robusto anarquista no era exactamente un conquistador osado. Recordaba que la señora Verloc nunca había respondido a sus miradas con el menor gesto de aliento. Además, pensaba que la tienda podía estar vigilada por la policía, y el camarada Ossipon no deseaba que la policía se formara un concepto exagerado de sus simpatías revolucionarias. Incluso ahora no sabía con precisión qué hacer. En comparación con sus especulaciones amatorias habituales, ésta era una aventura seria y en gran escala. Ignoraba qué podía haber en ella y hasta dónde tendría que llegar a fin de coger lo que estuviera disponible, en caso de que hubiera alguna posibilidad. Estas perplejidades, al poner freno a su entusiasmo, impartían a su tono una sobriedad muy adecuada a las circunstancias.
—¿Puedo preguntarle a dónde iba? —inquirió en una voz de tono bajo.
—¡No me pregunte! —gritó la señora Verloc con una violencia temblorosa, reprimida. Toda su enérgica vitalidad retrocedía ante la idea de la muerte—. No se preocupe de dónde iba…