El Agente secreto

El Agente secreto

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—¡Señora Verloc! —exclamó él—. ¡Usted aquí!

A él le parecía imposible que ella hubiera estado bebiendo. Pero uno nunca sabe. No trató de profundizar en ese asunto, pero atento a no desalentar al amable destino que le entregaba a la viuda del camarada Verloc, trató de atraerla a su pecho. Para su asombro, ella vino con mucha facilidad, e incluso descansó en su brazo por un momento antes de tratar de apartarse. El camarada Ossipon nunca actuaría con brusquedad con el amable destino. Él retiró su brazo de un modo natural.

—Usted me reconoció —balbuceó ella, de pie frente a él, bastante firme sobre sus piernas.

—Por supuesto que sí —dijo Ossipon con perfecta prontitud—. Temí que usted pudiera caerse. He pensado en usted demasiado a menudo últimamente como para no reconocerla en cualquier parte, en cualquier momento. Siempre he pensado en usted, desde la primera vez que mis ojos la vieron.

La señora Verloc pareció no escuchar.

—¿Usted venía a la tienda? —dijo, nerviosamente.

—Sí; de inmediato —respondió Ossipon—. Tan pronto leí el diario.


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