El Agente secreto

El Agente secreto

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Se le ocurrió en forma súbita. Los asesinos escapaban. Escapaban al extranjero. España o California. Simples nombres. El vasto mundo creado para la gloria del hombre sólo era un vasto vacío para la señora Verloc. Ella no sabía a qué lado volverse. Los asesinos tenían amigos, relaciones, cómplices, tenían el conocimiento. Ella no tenía nada. Era el más solitario de los asesinos que asestó alguna vez un golpe mortal. Ella estaba sola en Londres; y toda la ciudad de maravillas y de lodo, con su laberinto de calles y su masa de luces, estaba hundida en una noche sin esperanzas, descansaba al fondo de un negro abismo del cual ninguna mujer sin ayuda podía esperar salirse.

Se balanceó hacia adelante, y partió de nuevo ciegamente, con un temor terrible de caerse; pero al final de unos pocos escalones, inesperadamente, encontró una sensación de apoyo, de seguridad. Levantando la cabeza, vio la cara de un hombre que escrutaba su velo muy de cerca. El camarada Ossipon no tenía miedo de las mujeres extrañas, y ningún sentimiento de falsa delicadeza le impedía trabar amistad con una mujer en apariencia muy intoxicada. El camarada Ossipon se interesaba por las mujeres. Sostuvo a ésta entre sus dos enormes palmas, observándola de un modo práctico, hasta que la escuchó decir débilmente: «¡Señor Ossipon!», y entonces a punto estuvo de dejarla caer al suelo.


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