El Agente secreto
El Agente secreto —Era un muchacho extraordinario, ese hermano suyo. Muy interesante para estudiarlo. Un tipo perfecto, en cierto modo. ¡Perfecto!
En su miedo secreto hablaba cientÃficamente. Y la señora Verloc, al escuchar estas palabras de alabanza dedicadas a su querido difunto, se inclinó hacia adelante con un brillo de luz en sus ojos sombrÃos, como un rayo de sol que anunciaba una tempestad de lluvia.
—Asà era él, sin duda —susurró ella, suavemente, con labios temblorosos—. Usted se fijaba mucho en él, Tom. Yo lo querÃa por eso.
—Es casi increÃble el parecido que habÃa entre ustedes dos —prosiguió Ossipon, dando voz a su temor dominante, y tratando de disimular su impaciencia enfermante, nerviosa, por que partiera el tren—. SÃ, se parecÃa a usted.
Estas palabras no eran especialmente conmovedoras o simpáticas. Pero el hecho de que se insistiera en ese parecido bastaba por sà mismo para influir poderosamente en sus emociones. Con un pequeño grito débil, y lanzando sus brazos hacia afuera, la señora Verloc estalló por fin en lágrimas.