El Agente secreto
El Agente secreto Ossipon entró al coche, cerró la puerta de prisa y miró hacia afuera para ver la hora en el reloj de la estación. Ocho minutos más. Durante los primeros tres, la señora Verloc lloró violenta y desamparadamente, sin pausa ni interrupción. Después se recuperó un poco, y sollozó con suavidad en un abundante torrente de lágrimas. Trató de hablarle a su salvador, al hombre que era el mensajero de la vida.
—¡Oh, Tom! ¡Cómo podía temer la muerte después de que lo arrancaron de mi lado en forma tan cruel! ¡Cómo pude! ¡Cómo pude ser tan cobarde!
Se lamentaba en voz alta de su amor a la vida, esa vida sin gracia ni encanto, sin decencia, casi, pero de una exaltada fidelidad a sus objetivos, incluso hasta el extremo del crimen. Y, como sucede a menudo en las lamentaciones de la pobre humanidad, rica en sufrimiento pero indigente en palabras, la verdad —el grito mismo de la verdad— fue encontrada en una forma gastada y artificial, recogida en alguna parte entre las frases del sentimiento fingido.
—¡Cómo pude tener tanto miedo de la muerte! Tom, traté. Pero estoy asustada. Traté de eliminarme. Pero no pude. ¿Soy mezquina? Supongo que la copa de los horrores todavía no se había rebosado para la gente como yo. Entonces, cuando apareció usted…
Ella hizo una pausa. Después, en un arrebato de confianza y gratitud: