El Agente secreto
El Agente secreto —¡Viviré toda mi vida para usted, Tom! —sollozó.
—Camine al otro rincón del coche, lejos del andén —dijo Ossipon, solícito. Ella dejó que su salvador la instalara confortablemente, y él observó la aparición de otra crisis de llanto, aún más violenta que la primera. Observó los síntomas con una especie de aire médico, como si contara segundos. Escuchó por fin el silbato del guardia. Una contracción involuntaria de su labio superior dejó al desnudo sus dientes, con un aspecto de feroz decisión, mientras sentía que el tren comenzaba a moverse. La señora no escuchó ni sintió nada, y Ossipon, su salvador, permaneció tranquilo. Sintió que el tren rodaba más rápido, avanzando con pesadez al ritmo de los agudos sollozos de la mujer, y entonces, cruzando el coche en dos largas zancadas, abrió la puerta con determinación y saltó hacia afuera.