El Agente secreto
El Agente secreto Había saltado en el extremo mismo del andén; y era tal su decisión de aferrarse a su plan desesperado, que consiguió por una especie de milagro, realizado casi en el aire, cerrar de un golpe la puerta del coche. Sólo después se encontró rodando cabeza abajo como un conejo herido. Cuando logre incorporarse estaba lleno de magulladuras, alterado, pálido como la muerte, y sin aliento. Pero estaba calmado, y en perfectas condiciones para enfrentarse con la multitud de empleados del ferrocarril que lo había rodeado de inmediato. Explicó, en tonos amables y convincentes, que su mujer había partido de urgencia a Bretaña a reunirse con su madre moribunda; que, por supuesto, estaba enormemente alterada, y él muy preocupado por su estado; que él estaba tratando de animarla, y que al comienzo no se había dado cuenta en absoluto de que el tren estaba en marcha. Ante la exclamación general «¿Y por qué, entonces, no llegó hasta Southampton, señor?», objetó la inexperiencia de una joven cuñada que había permanecido sola en casa con los tres chicos, y su alarma ante su ausencia, ahora que las oficinas del telégrafo estaban cerradas. Había actuado en forma impulsiva.
—Pero no creo que lo intente hacer de nuevo —concluyó. Hizo una sonrisa en redondo; distribuyó algunas monedas, y marchó sin cojera alguna fuera de la estación.