El Agente secreto
El Agente secreto Afuera, el camarada Ossipon, cargado de billetes de banco seguros como nunca lo habÃa estado en su vida, rechazó la oferta de un coche.
—Puedo caminar —dijo, con una pequeña risa amistosa dirigida al cortés conductor.
PodÃa caminar. Caminó. Cruzó el puente. Más tarde, las torres de la AbadÃa, en su maciza inmovilidad, contemplaron la mata amarilla de sus cabellos que pasaba bajo las lámparas. También lo contemplaron las luces de Victoria, y Sloane Square, y el enrejado del parque. Y el camarada Ossipon se encontró una vez más en un puente. El rÃo, una siniestra maravilla de sombras inmóviles y corrientes resplandores que se mezclaban abajo en un silencio negro, retuvo su atención. Permaneció mirando apoyado en el parapeto un largo tiempo. El reloj de la torre lanzó un estallido broncÃneo encima de su cabeza reclinada. Él miró la esfera… Las doce y media de una agitada noche en el Canal.