El Agente secreto
El Agente secreto El sujeto no sabía nada de la muerte de Verloc. ¡Por supuesto! Nunca mira los periódicos. Lo ponen muy triste, dice. Pero no importa. Entré a su cabaña. No se veía un alma por ninguna parte. Tuve que gritar media docena de veces antes de que me contestara. Creí que continuaba profundamente dormido, en cama. Pero nada de eso. Ya llevaba cuatro horas de trabajo en su libro. Estaba sentado en esa jaula diminuta entre un hacinamiento de manuscritos. Había una zanahoria cruda medio comida en una mesa cerca de él. Su desayuno. Ahora se alimenta con una dieta de zanahorias crudas y un poco de leche.
—¿Y cómo le prueba? —preguntó el camarada Ossipon, distraído.
—Lo pone angélico… Recogí un puñado de sus páginas del suelo. La pobreza del razonamiento es sorprendente. No tiene lógica. No puede pensar en forma coherente. Pero eso no es nada. Ha dividido su biografía en tres partes, tituladas… «Fe, Esperanza, Caridad». Ahora elabora la idea de un mundo organizado como un inmenso y agradable hospital, con jardines y flores, donde los fuertes deberán dedicarse al cuidado de los débiles.
El Profesor hizo una pausa.