El Agente secreto
El Agente secreto —¿Qué pasa? ¿No tiene toda la banda bajo su control? ¿La flor y nata? Yundt, ese viejo terrorista, está aquÃ. Lo veo pasear por Piccadilly con su cogotera verde casi todos los dÃas. Y Michaelis, ese apóstol en libertad condicional, ¿no pretenderá decir que no sabe dónde está? Porque si usted no sabe, puedo decÃrselo —continuó el señor Vladimir en tono amenazante—. Si usted se imagina que es el único que forma parte de la lista de fondos secretos, está muy equivocado.
Esta insinuación perfectamente gratuita hizo que el señor Verloc arrastrara ligeramente los pies.
—¿Y toda la pandilla de Lausanne, eh? ¿No han estado entrando aquà en tropel desde el primer indicio de la Conferencia de Milán? Éste es un paÃs absurdo.
—Costará dinero —dijo, por una especie de instinto, el señor Verloc.
—A otro perro con ese hueso —replicó el señor Vladimir, con un acento inglés asombrosamente auténtico—. Usted tendrá su paga todos los meses, y ni un centavo más hasta que no ocurra algo. Y si no ocurre algo muy pronto, ni siquiera eso tendrá. ¿Cuál es su ocupación visible? ¿En qué se supone que se gana usted la vida?
—Tengo una tienda —contestó el señor Verloc.
—¡Una tienda! ¿Qué clase de tienda?
—Útiles de escritorio, periódicos. Mi mujer…