El Agente secreto

El Agente secreto

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—¿Su qué? —interrumpió el señor Vladimir en sus tonos guturales del Asia Central.

—Mi mujer. —El señor Verloc levantó un poco su voz ronca—. Estoy casado.

—¡Esto sí que está bueno! —exclamó el otro con no fingido asombro—. ¡Casado! ¡Y al mismo tiempo anarquista declarado! ¿Qué disparate es éste? Pero supongo que sólo es una manera de hablar. Los anarquistas no se casan. Eso es bien sabido. No pueden casarse. Eso sería apostasia.

—Mi mujer no lo es —masculló el señor Verloc, enfurruñado—. Además, no es un asunto de su incumbencia.

—Sí, claro que lo es —saltó el señor Vladimir—. Empiezo a convencerme de que usted no es en absoluto el hombre adecuado para el trabajo que se le ha encomendado. ¡Cómo! Si usted, con su matrimonio, debe de haberse desacreditado por completo en su propio mundo. ¿No pudo arreglárselas de otra manera? Ésta es su fijación virtuosa, ¿no es así? Lo que veo es que entre unas fijaciones y otras, usted está terminando con su utilidad.

El señor Verloc, inflando sus mejillas, dejó escapar el aire violentamente, y eso fue todo. Él se había armado de paciencia. Pero no había que ponerlo a prueba durante mucho más tiempo. El primer secretario se puso repentinamente muy lacónico, terminante, distante.


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