El Agente secreto
El Agente secreto —Usted puede irse ya —dijo—. Es necesario provocar un atentado dinamitero. Le doy un mes de plazo. Las sesiones de la Conferencia han sido suspendidas. Algo tiene que haber sucedido aquà antes de que se reanuden, o su conexión con nosotros termina.
Cambió de acento una vez más con una versatilidad desprovista de todo principio.
—Medite mi filosofÃa, señor… señor… Verloc —dijo, con una especie de condescendencia zumbona, agitando la mano en dirección a la puerta—. Ocúpese del primer meridiano. Usted no conoce las clases medias tanto como yo. Su sensibilidad está extenuada. El primer meridiano. Nada mejor, dirÃa yo, y nada más fácil.
Se habÃa puesto de pie, y crispando humorÃsticamente sus labios finos y sensitivos, observó en el espejo encima de la chimenea al señor Verloc que retrocedÃa pesadamente de la habitación, sombrero y bastón en mano. La puerta se cerró.