El Agente secreto
El Agente secreto El lacayo en pantalones, apareciendo súbitamente en el corredor, condujo al señor Verloc a la salida por otro camino y a través de una portezuela en el rincón del patio. El portero parado junto a las rejas ignoró por completo su salida; y el señor Verloc trazó de nuevo la senda de su peregrinaje de esa mañana como en un sueño, un sueño airado. Este desapego del mundo material era tan completo, que a pesar de que la envoltura mortal del señor Verloc no había recorrido las calles con prisa indebida, aquella parte suya a la cual no podría negarse la inmortalidad sin injustificada grosería se encontró de inmediato frente a la puerta de la tienda, como transportada de occidente a oriente en las alas de un poderoso viento. Avanzó derecho hasta detrás del mostrador, y se sentó en una silla de madera que había ahí. No apareció nadie a perturbar su soledad. Stevie, enfundado en un delantal de bayeta verde, barría y limpiaba el polvo de arriba, concentrado y a conciencia, como si estuviese jugando a hacerlo; y la señora Verloc, advertida en la cocina por el sonido de la campanilla trizada, se había limitado a asomarse a la puerta vidriada de la sala, y descorriendo un poco la cortina, había atisbado la tienda en penumbra. Después de ver a su marido sentado ahí en la sombra, voluminoso, con el sombrero bien atrás de la cabeza, había regresado de inmediato a su cocina. Una hora más tarde le quitó a su hermano Stevie el delantal de bayeta verde, y le dio instrucciones para que se lavara las manos y la cara en el tono perentorio que había utilizado con este objeto durante alrededor de quince años, de hecho, desde que había cesado de ocuparse ella misma de la cara y las manos del niño. Ella ahora hurtó una mirada a su tarea para inspeccionar esa cara y esas manos, que Stevie, acercándose a la mesa de la cocina, le presentaba para su aprobación, con un aire de confianza que escondía un permanente residuo de ansiedad. Antiguamente, la cólera del padre constituía la más efectiva sanción de estos ritos, pero la placidez del señor Verloc en la vida doméstica habría hecho que cualquier mención de la cólera resultase increíble, incluso para la susceptibilidad nerviosa del pobre Stevie. La teoría era que cualquier defecto de limpieza en las horas de comida habría apenado y escandalizado inexpresablemente al señor Verloc. Después de la muerte de su padre, a Winnie la consolaba mucho la sensación de que ya no necesitaba temblar por el pobre Stevie. No podía soportar ver sufrir al niño. Era algo que la enloquecía. Muchas veces, de muchacha, en defensa de su hermano, se había enfrentado con ojos llameantes al irascible tabernero. Nada, ahora, en el aspecto de la señora Verloc, podía llevarlo a uno a suponer que era capaz de demostraciones apasionadas.