El Agente secreto

El Agente secreto

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Ella terminó de servir los platos. La mesa estaba puesta en la sala. Se acercó al pie de las escaleras y gritó: «¡Madre!». Después, abriendo la puerta vidriada que comunicaba con la tienda, dijo suavemente: «¡Adolfo!». El señor Verloc no había cambiado de posición; aparentemente no había movido un músculo durante hora y media. Se puso de pie pesadamente, y se acercó de abrigo y sombrero puesto a comer, sin pronunciar palabra. Ese silencio, en sí mismo, no era tan inhabitual en esa casa, escondida en las sombras de la sórdida calle rara vez alcanzada por el sol, detrás de la tienda oscura con sus mercancías de vergonzosos desechos. Sólo que ese día el ceño del señor Verloc era tan obviamente pensativo, que las dos mujeres quedaron impresionadas. Ellas también guardaban silencio, manteniendo una mirada vigilante sobre el pobre Stevie, ya que podía caer en uno de sus accesos de locuacidad. Daba la cara al señor Verloc al otro lado de la mesa, y se portaba muy bien y tranquilo, mirando sin expresión. El esfuerzo de impedir que se hiciera desagradable en cualquier sentido al jefe de la casa infundía no poca angustia a las vidas de estas dos mujeres. «Ese niño», como lo mencionaban por lo bajo entre ellas, había sido fuente de esa clase de angustia casi desde el día mismo de su nacimiento. La humillación del difunto tabernero al ver que tenía por hijo a un niño tan extremadamente peculiar se manifestaba en una propensión a los malos tratos; porque era una persona de fina sensibilidad, y sus sufrimientos como hombre y como padre eran perfectamente genuinos. Más tarde había que impedir que Stevie se hiciera molesto para los caballeros inquilinos solteros, que constituyen, ellos también, una especie curiosa, fácilmente irritable. Y también había la angustia de tener que hacer frente a su existencia misma. En el repostero de los bajos de la ruinosa casa de Belgravia, la vieja señora había vivido obsesionada por la visión de la enfermería de un asilo. «Si no hubieras encontrado a un marido tan bueno, querida mía —solía decir a su hija—, no sé qué habría sido de ese pobre niño».


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