El Agente secreto
El Agente secreto Michaelis, el apóstol en libertad condicional, hablaba en una voz pareja, una voz que jadeaba como amortiguada y oprimida por la capa de grasa de su pecho. Había salido de una prisión altamente higiénica redondo como un tonel, con un estómago enorme y mejillas estiradas de un cutis pálido, semitransparente, como si durante quince años los criados de una sociedad ultrajada se hubieran empeñado en rellenarlo de comidas engordadoras en una celda desprovista de luz y húmeda. Y desde entonces nunca había conseguido reducir ni una sola onza de peso.
Se decía que una anciana señora de gran fortuna lo había enviado durante tres temporadas seguidas a hacerse una cura en Marienbad —donde una vez estuvo a punto de compartir la curiosidad pública con una cabeza coronada—, pero en esa ocasión la policía le ordenó abandonar el lugar en doce horas. Su martirio continuó con la prohibición de todo acceso a las aguas curativas. Pero ahora estaba resignado.
Con el codo que no mostraba ninguna apariencia de articulación, semejante más bien a la curvatura de los miembros de un maniquí, lanzado por encima del respaldo de una silla, se inclinó ligeramente sobre sus muslos cortos y enormes para escupir en el fuego.
—¡Sí! Tuve tiempo para reflexionar un poco sobre algunas cosas —agregó sin énfasis—. La sociedad me ha dado abundancia de tiempo para meditar.