El Agente secreto

El Agente secreto

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Al otro lado de la chimenea, en el sillón de crin donde la madre de la señora Verloc tenía por lo general el privilegio de sentarse, Karl Yundt sonrió tétricamente, con la leve mueca negra de una boca desdentada. El terrorista, como se llamaba a sí mismo, era viejo y calvo, con el mechón angosto, blanco como la nieve, de una perilla que colgaba fláccidamente de su mentón. En sus ojos extinguidos sobrevivía una extraordinaria expresión de malevolencia solapada. Cuando se levantó dificultosamente, el gesto de adelantar una mano descarnada y vacilante, deformada por hinchazones gotosas, sugirió el esfuerzo de un asesino moribundo que reúne todas las fuerzas que le quedan para asestar una última puñalada. Se reclinaba en un grueso cayado, que tembló bajo su otra manó.

—Siempre he soñado —vociferó, fieramente— con una banda de hombres absolutos en su decisión de descartar todo escrúpulo en la elección de los medios, con suficiente fuerza para darse francamente a sí mismos el nombre de destructores, y libres del contagio de ese pesimismo resignado que pudre al mundo. Ninguna piedad para nada sobre la tierra, incluidos ellos mismos, y la muerte enrolada de una vez por todas al servicio de la humanidad, eso es lo que me habría gustado ver.



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