El Agente secreto
El Agente secreto Su pequeña cabeza calva se estremeció, impartiendo al mechón de perilla blanca una vibración cómica. Su articulación habría sido casi totalmente ininteligible para un extraño. Su pasión gastada, cuya fiereza impotente la hacía parecerse a la excitación de un sensualista senil, estaba mal servida por una garganta reseca y por encías desdentadas que parecían apresar la punta de su lengua. Instalado en la esquina del sofá del otro extremo de la habitación, el señor Verloc emitió dos animosos gruñidos de asentimiento.
El viejo terrorista movió lentamente la cabeza de un lado a otro, encima de su cuello enjuto.
—Y nunca pude reunir ni tres hombres de esa clase. Ahí tiene su podrido pesimismo —le gruñó a Michaelis, que descruzó sus gruesas piernas semejantes a travesaños, y deslizó los pies abruptamente debajo de la silla en señal de exasperación.