El Alma del Guerrero
El Alma del Guerrero El ayudante despertó al otro lado de la hoguera y se puso a soltar horribles juramentos quejándose del brutal alboroto que armaba el francés.
—¿Qué pasa? Nuevas muestras del infernal humanitarismo de Tomassov, supongo. ¿Por qué no le mandáis al diablo? Echadle a la nieve.
Como nosotros no prestamos atención a sus gritos, se levantó lanzando escandalosas maldiciones, y se fue a otra hoguera. Por fin el oficial francés se tranquilizó un poco. Le apoyamos contra el tronco y nos sentamos en silencio uno a cada lado de él hasta que, en cuanto amaneció, empezó a sonar la llamada de las cornetas. La enorme llama, que había permanecido viva durante toda la noche, empalideció sobre la lívida sábana de nieve, mientras el aire congelado a nuestro alrededor vibraba a los sones metálicos de las trompetas de la caballería. Los ojos del francés, fijos en una mirada vidriosa que por un momento nos hizo confiar qué hubiese muerto calladamente sentado entre nosotros dos, se agitaron lentamente a izquierda y derecha, mirando por turno nuestros rostros. Tomassov y yo intercambiamos sendas miradas de consternación. Luego la voz de De Castel, inesperada por su renovada fuerza y su horrible serenidad, hizo que nos estremeciéramos interiormente.
—Bonjour, messierus.
Su mentón cayó sobre su pecho. Tomassov se dirigió a mí en ruso: