El Alma del Guerrero
El Alma del Guerrero —Es él, aquel hombre...
Yo asentà con la cabeza y Tomassov prosiguió en tono angustiado.
—¡SÃ, es él! Brillante, maduro, envidiado por los hombres, amado por las mujeres... este horror, esta cosa miserable que no puede morir. MÃrale los ojos. Es terrible.
Yo no miré, pero comprendà qué querÃa decir Tomassov. No podÃamos hacer nada por él. Aquel vengador invierno que nos habÃa traÃdo el destino tenÃa aferrados en su puño de hierro tanto a los fugitivos como a los perseguidores. La compasión no era más que una palabra vana ante un destino tan inexorable. Traté de decir algo sobre el convoy que sin duda debÃa estar formándose en la aldea, pero mi voz desfalleció ante la mirada muda que me dirigió Tomassov. SabÃamos cómo eran esos convoyes: espantosas hordas de seres desgraciados y desesperados empujadas por la punta de las lanzas de los cosacos que les devolvÃan al infierno helado, alejándoles de sus hogares.
Nuestros dos escuadrones ya se habÃan ido formando a lo largo del lindero del bosque. Transcurrieron unos minutos angustiosos. El francés hizo de repente un esfuerzo por ponerse en pie. Nosotros le ayudamos casi sin saber lo que hacÃamos.