El Alma del Guerrero
El Alma del Guerrero Nosotros, la caballería (no éramos más que un puñado), apenas si podíamos hacer otra cosa que volver las espaldas al viento y recibir alguna bala perdida de la artillería francesa. Convendría quizá que os dijera que eran los últimos cañones que les quedaban, y que ésa fue la última vez que los colocaron en posición. Aquella batería no salió nunca de allí. A la mañana siguiente encontramos los cañones abandonados. Pero esa tarde mantenían un fuego infernal contra nuestra columna de ataque; el furioso viento se llevaba el humo e incluso el ruido, pero podíamos ver el constante llamear de las lenguas de fuego a lo largo del frente francés. Luego, una veloz ráfaga de nieve lo ocultaba todo excepto los destellos de color rojo oscuro en medio del blanco remolino.
Durante los intervalos en los que cesaba el fuego dominábamos toda la llanura que se extendía a la derecha, por la que veíamos avanzar interminablemente una sombría columna; la gran desbandada del Gran Ejército reptaba ininterrumpidamente mientras a nuestra izquierda la lucha continuaba con gran estrépito y furia. El cruel torbellino de nieve barría aquel escenario de muerte y desolación. Y luego el viento amainó con la misma brusquedad con que se había levantado por la mañana.