El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas 'Me niego a correr ninguno', dije tajantemente. Y era la respuesta que él esperaba, aunque el tono quizá lo sorprendiera. 'Bueno, debo ceder a su juicio. Usted es el capitán', dijo, con pronunciada cortesía. Hice un movimiento con el hombro en señal de reconocimiento y miré hacia la niebla. ¿Cuánto podía durar? Era un espectáculo desesperante. La aproximación a aquel Kurtz que extraía el marfil de aquella maldita selva estaba rodeada de tantos peligros como la visita a una princesa encantada, dormida en un castillo fabuloso. '¿Cree usted que nos atacarán?', preguntó el director en tono confidencial.