El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas —¡Absurdo! —exclamó—. Eso es lo peor cuando trata uno de expresar algo… Aquà estáis todos muy tranquilos, en un viejo barco bien anclado. Tenéis un carnicero en la esquina, un policÃa en la otra. Disfrutáis, además, de excelente apetito, y de una temperatura normal. ¿Me oÃs? Normal, desde principios hasta finales de año. Y entonces vais y decÃs: ¡Absurdo! ¡Claro que es absurdo! Pero, queridos amigos, ¿qué podéis esperar de un hombre que por puro nerviosismo habÃa arrojado por la borda un par de zapatos nuevos? Ahora que pienso en ello, me sorprende no haber derramado lágrimas. Por lo general estoy orgulloso de mi fortaleza. Pero me sentà como herido por un rayo ante la idea de haber perdido el inestimable privilegio de escuchar al excepcional Kurtz. Por supuesto, estaba equivocado. Aquel privilegio me estaba reservado. Oh, sÃ, y oà más de lo suficiente. Puedo decir que yo tenÃa razón. Él era una voz. Era poco más que una voz. Y lo oÃ, a él, a eso, a esa voz, a otras voces, todos ellos eran poco más que voces. El mismo recuerdo que guardo de aquella época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerÃo inmenso, enloquecido, atroz, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ninguna clase de sentido. Voces, voces… incluso la de la muchacha… Pero… Permaneció en silencio durante largo rato.