El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas

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"Cuando el director, escoltado por los peregrinos, armados todos hasta los dientes, se dirigieron a la casa, aquel individuo subió a bordo. 'Puedo decirle que no me gusta nada esto', le dije. 'Los nativos están escondidos entre los matorrales.' Me aseguró confiadamente que no había ningún problema. 'Son gente sencilla', añadió. 'Bueno, estoy contento de que hayan llegado. Me he pasado todo el tiempo tratando de mantenerlos tranquilos.' 'Pero usted me ha dicho que no había problema', exclamé. '¡Oh, no querían hacer daño!', dijo. Y como yo me le quedé mirando con estupor, se corrigió al instante: 'Bueno, no exactamente.' Después añadió con vivacidad: '¡Dios mío, esta cabina necesita una buena limpieza!' Y me recomendó tener bastante vapor en la caldera para hacer sonar la sirena en caso de que se produjera alguna dificultad. 'Un buen silbido podrá hacer más por usted que todos los rifles. Son gente sencilla', volvió a repetir. Charlaba tan abundantemente que me abrumó. Parecía querer compensar una larga jornada de silencio, y en realidad admitió, sonriendo, que tal era su caso. '¿No habla usted con el señor Kurtz?' 'Con ese hombre no se habla, se le escucha', exclamó con severa exaltación. 'Pero ahora… ' Agitó un brazo y en un abrir y cerrar de ojos se sumió en el silencio más absoluto. Luego pareció volver a resurgir, se posesionó de mis dos manos, y las sacudió repetidamente, mientras exclamaba: 'Hermano marino… honor, satisfacción… deleite… me presento… ruso… hijo de un arcipreste… gobierno de Tambov… ¿Qué? ¡Tabaco! ¡Tabaco inglés, el excelente tabaco inglés! Bueno, esto es fraternidad. ¿Fuma usted? ¿Dónde hay un marino que no fume?' "La pipa lo tranquilizó, y gradualmente fui sabiendo que se había escapado de la escuela, se había embarcado en un barco ruso, escapó nuevamente, sirvió por algún tiempo en barcos ingleses, se reconcilió con el arcipreste. Insistió en ese punto. Pero cuando se es joven debían verse cosas, adquirir experiencia, ideas, ensanchar la inteligencia. '¿Aquí?', lo interrumpí. 'Nunca puede uno decir dónde. Aquí encontré al señor Kurtz', dijo jovialmente solemne y con expresión de reproche. Después permanecí en silencio. Al parecer había persuadido a una casa de comercio holandesa de la costa para que lo equipara con provisiones y mercancías, y había partido hacia el interior con el corazón ligero y sin mayor idea de lo que podría ocurrirle de la que pudiera tener un bebé. Había vagado solo por el río por espacio de dos años, separado de hombres y de cosas. 'No soy tan joven como parezco.


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