El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas "No me sorprendió ver a una persona sentada en la cubierta, con las piernas colgantes sobre el barro. Mirad, mis relaciones eran buenas con los pocos mecánicos que había en la estación, y a los que los otros peregrinos naturalmente despreciaban; me imagino que por la rudeza de sus modales. Era el capataz, un fabricante de marmitas, buen trabajador, un individuo seco, huesudo, de rostro macilento, con ojos grandes y mirada intensa. Tenía un aspecto preocupado. Su cabeza era tan calva como la palma de mi mano; parecía que los cabellos, al caer, se le habían pegado a la barbilla y que habían prosperado en aquella nueva localidad, pues la barba le llegaba a la cintura. Era un viudo con seis hijos (los había dejado a cargo de una hermana suya al emprender el viaje) y la pasión de su vida eran las palomas mensajeras. Era un entusiasta y un conocedor. Deliraba por las palomas. Después del horario de trabajo acostumbraba ir a veces al barco a conversar sobre sus hijos, y sobre las palomas. En el trabajo, cuando se debía arrastrar por el barro bajo la quilla del vapor, recogía su barba en una especie de servilleta blanca que llevaba para ese propósito, con unas cintas que ataba tras las orejas. Por las noches se le podía ver inclinado sobre el río, lavando con sumo cuidado esa envoltura en la corriente, y tendiéndola después solemnemente sobre una mata para que se secara.