El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas Comencé a bailotear. Saltábamos sobre la cubierta de hierro. Un ruido horroroso salió de aquel casco arrumbado y el bosque virgen desde la otra margen del rÃo lo envió de vuelta en un eco atronador a la estación dormida. Aquello debió hacer levantar a algunos peregrinos en sus cabañas. Una figura oscura apareció en el portal de la cabaña del director, desapareció, y luego, un segundo o dos después, también la puerta desapareció. Nos detuvimos y el silencio interrumpido por nuestro zapateo volvió de nuevo a nosotros desde los lugares más remotos de la tierra. El gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas, guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a derrumbarse sobre el rÃo, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movÃa. Una explosión sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si un ictiosaurio se estuviera bañando en el resplandor del gran rÃo. 'Después de todo', dijo el fabricante de marmitas, en tono razonable, '¿por qué no iban a darnos los remaches?' ¡En efecto, por qué no! No conocÃa ninguna razón para que no los tuviésemos. 'Llegarán dentro de unas tres semanas', le dije en tono confidencial.