El pirata
El pirata En el patio intensamente soleado los pollos dormían la siesta distribuidos por grupos pequeños en los retazos de sombra. Pero el sol no preocupaba a Peyrol. Michel, que comía bajo el tejado del galpón, dejó la escudilla en el suelo y se unió a su amo junto al pozo rodeado por un muro bajo de piedra y coronado por un arco de hierro forjado sobre el que se retorcían las ramas de una higuera. Tras la muerte de su perro, el pescador había abandonado la laguna salada, dejando su barca podrida en el barro de la orilla y sus redes miserables en la oscura choza. No se preocupó por encontrar otro perro y, además, ¿quién iba a dárselo? Él era el último de los hombres. ¡Alguno había de serlo! No había sitio para él en la vida de la aldea. Así que, una bella mañana, se fue a la granja a ver a Peyrol. O quizá sería más acertado decir que fue a que le viera Peyrol. Ésa era precisamente la única esperanza que le quedaba. Se sentó en una piedra al otro lado de la puerta y dejó a sus pies un hatillo, que consistía en una vieja manta y un palo torcido. Parecía la criatura más mansa, inocente y abandonada de la Tierra. Peyrol escuchó gravemente el confuso relato de la muerte de su perro. Personalmente, jamás se habría hecho amigo de un perro como el de Michel, pero comprendía perfectamente que las cosas hubieran dejado de ser como fueron a la orilla de la laguna. De manera que cuando Michel concluyó con las palabras: «Pensé en pasarme por aquí», Peyrol, sin aguardar una petición clara, dijo: