El pirata
El pirata Esas palabras y el apasionado vigor con el que se pronunciaron no causaron el menor efecto en Peyrol. Con la cabeza apoyada en su poderosa mano morena, pensaba en otra cosa tan obviamente como para deprimir de nuevo a aquel pobremente combativo espíritu terrorista que anidaba en el solitario corazón del ciudadano Scevola. El resplandor del sol reflejado en la cocina se oscureció por el cuerpo del pescador de la laguna, que saludaba tímidamente desde la puerta. Sin alterar su postura, Peyrol le dirigió una mirada curiosa. Catherine le atendió, secándose las manos en el delantal.
—Qué tarde llega a comer, Michel.
El pescador entró entonces, tomó de manos de la mujer una escudilla de loza y un buen pedazo de pan, y se dirigió con ello hacia el patio. Peyrol y el sans-culotte se levantaron de la mesa. Este último, tras vacilar como si no supiera dónde ir, se encaminó bruscamente al pasillo, mientras Peyrol, eludiendo la ansiosa mirada de Catherine, se dirigió al patio. A través de la puerta de la salle echó un vistazo a Arlette, que, sentada muy erguida y con las manos sobre el regazo, observaba a alguien a quien no pudo ver, pero que no podía ser otro que el teniente Réal.