El pirata
El pirata —¿Iba a permitir que aquellas bestias supersticiosas me sacrificaran? —arguyó el ciudadano Scevola con voz aguda y genuina indignación, ante la frÃa mirada de Peyrol, que apenas pudo oÃrle musitar—, aunque quizá lo más adecuado hubiera sido dejar que aquellos perros reaccionarios acabaran conmigo en aquella ocasión.
La anciana, que lavaba en el fregadero, miró con desasosiego a la puerta de la salle.
—¡No! —gritó el solitario sans-culotte—. No es posible. Tienen que quedar muchos patriotas en Francia. El fuego sagrado arde todavÃa. —Durante un momento ofreció el aspecto de un hombre con ceniza en la cabeza y desolación en el pecho. El brillo se extinguió en sus ojos almendrados. Pero poco después dirigió una mirada de soslayo a Peyrol, como si comprobara el efecto logrado, y comenzó a declamar en voz baja, cual si ensayara un discurso a sà mismo—. No, no es posible. Llegará un dÃa en el que la tiranÃa se tambaleará, y entonces será el momento de echarla abajo de nuevo. ¡Seremos miles los que nos levantaremos y… ça ira!