El pirata

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Peyrol frunció las comisuras de los párpados en una mirada penetrante y escrutadora. Catherine se puso a limpiar la mesa comportándose como si fuese sorda. Su rostro color nogal, con las mejillas y los labios hundidos, hubiera podido ser una escultura por la maravillosa inmovilidad de sus delicados pliegues. Su porte era erguido, y diligente el movimiento de sus manos. Peyrol dijo:

—No hablemos de la granja. ¿Tiene usted alguna noticia reciente?

El patriota negó violentamente con la cabeza. Tenía horror a las noticias. Todo se había perdido. Perjuros y renegados dirigían el país. Todas las virtudes patrióticas habían muerto. Golpeó la mesa con el puño y se quedó escuchando, como si el golpe hubiera podido levantar algún eco en la silenciosa casa. Ni el más ligero sonido llegó de parte alguna. El ciudadano Scevola suspiró. Le parecía ser el único patriota que quedaba, y ni siquiera en aquel retiro estaba su vida a salvo.

—Lo sé —dijo Peyrol—. Lo vi todo por la ventana. Corría usted como una liebre, ciudadano.



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