El pirata

El pirata

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El interés de Peyrol hacia los estados de ánimo de la gente con la que vivía era muy reciente. Ahora, sin embargo, se preguntaba cuáles podían ser los pensamientos del ex terrorista patriota, de aquella sanguinaria y extremadamente mísera criatura que ocupaba el lugar del señor de la granja Escampobar. Pero cuando el ciudadano Scevola levantó al fin la cara para tomar un largo trago de vino, su rostro —tan coloreado que parecía una máscara pintada— no revelaba nada en absoluto. Sus ojos se encontraron.

—¡Sacrebleu! —dijo, al fin, Peyrol—. Si sigue usted sin dirigir la palabra a nadie, acabará olvidando hasta cómo se habla.

El patriota sonrió desde la profundidad de su barba; una sonrisa que por alguna razón, quizá el mero prejuicio, le recordaba siempre a Peyrol la mueca defensiva de un pequeño animal salvaje temeroso de verse acorralado.

—¿De qué vamos a hablar? —replicó—. Usted vive con nosotros sin moverse de aquí. Supongo que ha contado miles de veces los racimos de la parra del cercado y los higos de la higuera de la tapia occidental… —Dejó de hablar y aguzó el oído hacia el silencio de muerte que reinaba en la salle. Después, elevando ligeramente la voz, dijo—: Usted y yo sabemos todo lo que pasa aquí.


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