El pirata

El pirata

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Tales fueron las únicas formalidades con las que Michel quedó enrolado para servir como «tripulación» a bordo del barco de Peyrol. En efecto, el pirata no había perdido el tiempo sin hacerse con cualquier cosa capaz de flotar. No fue fácil dar con algo que mereciese la pena. La miserable población de la Madrague, un villorrio de pescadores en el camino a Tolón, no tenía cosa alguna que vender. Y lo que poseía no estimulaba sino el desdén de Peyrol. Antes que uno de sus barcos, hubiera comprado un catamarán de tres troncos atados con bejucos; pero allí, en la playa, solitaria y prominente, sumida en la melancolía de los avatares climatológicos, reposaba una tartana de dos palos, con el cordaje caído en festones, blanqueado por el sol, y largas resquebrajaduras en los mástiles resecos. Nadie dormitaba nunca a la sombra de su casco, del que las gaviotas del Mediterráneo habían hecho su hogar. Parecía el resto de un naufragio arrojado a la tierra por un mar despectivo. Examinándola de lejos, Peyrol vio que el gobernalle aún se mantenía en su sitio. Siguió con la mirada el contorno del navío y se dijo a sí mismo que una nave con aquella apariencia navegaría bien. Era mucho más grande de lo que esperaba, y ése era un dato que le resultaba fascinante. Era como si todas las orillas del Mediterráneo quedaran a su alcance: Baleares y Córcega, Berbería y España. Peyrol había navegado centenares de millas en el océano con naves no más grandes que aquélla. A su espalda, silenciosamente perplejas, un grupo de mujeres de pescadores, flacas y destocadas, con un enjambre de chiquillos desharrapados colgando de las faldas, miraban al primer forastero que veían en muchos años.


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