El pirata

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Peyrol consiguió en el villorrio que le prestaran una pequeña escalera (en la que puso mayor confianza que en las cuerdas que colgaban de la borda) y la bajó hasta la playa, seguido a respetable distancia por aquellas mujeres, que no se perdían ripio, y los chiquillos. Para aquella gente constituía un fenómeno y una maravilla, tal como le había pasado antes en más de una isla de los distantes mares. Subió a bordo de la descuidada tartana y se irguió sobre la proa, haciéndose el centro de todas las miradas. Una gaviota se alejó con un grito de ira. En el fondo de la abierta bodega no había más que arena, unas pocas piezas rotas de madera, un anzuelo enmohecido y algo de una paja que debía haber viajado millas con el viento antes de hallar allí su reposo. En la popa había un tragaluz y una escala, y los ojos de Peyrol se posaron, fascinados, en un enorme candado que aseguraba una puerta de corredera. Tal parecía que allí hubiera secretos o tesoros, aun cuando lo más probable era que no hubiera nada. Peyrol volvió la cabeza y, con toda la fuerza de sus pulmones, gritó en la dirección de las mujeres de los pescadores, a las que se habían unido dos hombres muy viejos y un jorobado que se balanceaba entre dos muletas.

—¿Hay alguien al cuidado de esta tartana?

La primera respuesta fue que todos se echaron atrás. Sólo el jorobado se mantuvo en su sitio, respondiéndole con una voz inesperadamente gruesa.


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