El pirata
El pirata —¡Ah, ya no somos tan jóvenes… ninguno de los dos!
—Y yo además con esta condenada herida… —replicó el ciudadano Peyrol, dejándose caer pesadamente.
Y asÃ, de carreta en carreta, avanzando envuelto en una nube de polvo entre muros de piedra y a través de pequeñas aldeas que le resultaban conocidas de los dÃas de su infancia, en un paisaje de colinas pedregosas, rocas descoloridas y verdes olivos polvorientos, el ciudadano Peyrol siguió sin ninguna otra molestia, hasta bajarse torpemente en el patio de una posada en las inmediaciones de la ciudad de Hyères. El sol se ponÃa por la derecha. Cerca de un grupo de pinos oscuros, cuyos troncos se veÃan enrojecidos por el crepúsculo, distinguió un sendero trillado que se dirigÃa hacia el mar.