El pirata
El pirata Ése era el punto en el que el ciudadano Peyrol había decidido abandonar la carretera principal. Cada uno de los rasgos del lugar, con sus oscuras elevaciones boscosas, los amplios eriales pedregosos y los sombríos arbustos que surgían a su izquierda, le atraían con una suerte de extraña familiaridad, pues nada había cambiado desde los días de su infancia. Hasta los mismos surcos de los carros, profundamente tallados en el suelo de piedra, conservaban su propia fisonomía. Y a lo lejos, como una hebra azul, el mar de la rada de Hyères con una protuberancia añil, aún más allá, que era la isla de Porquerolles. Él tenía la idea de que había nacido en Porquerolles, pero, en realidad, no estaba muy seguro. La noción de un padre no tenía nada que ver con su conciencia. Lo único que recordaba de sus padres era una mujer alta, delgada, morena y harapienta que era su madre. Por entonces trabajaban juntos en una granja del interior y podía recordarla a retazos recogiendo aceitunas, quitando piedras de un campo o manejando el estiércol con una horca como si fuera un hombre, incansable y vigorosa, con mechones de cabello gris flotando alrededor de su rostro huesudo. Y también se acordaba de él mismo corriendo descalzo junto a una bandada de pavos, prácticamente desnudo. Por la noche, y con permiso del granjero, dormían en una especie de establo ruinoso, construido con piedras y con sólo la mitad del tejado, acurrucados juntos en el suelo, sobre un poco de paja. Sobre un haz de paja se había agitado su madre durante dos días hasta morir una noche. En la oscuridad, su silencio y la frialdad de su rostro le sobresaltaron de una manera espantosa. Suponía que la habían enterrado, pero no lo sabía a ciencia cierta, pues echó a correr empavorecido y no se detuvo hasta llegar a un punto de la costa llamado Almanarre. Los perros que vagaban por la playa le aterrorizaron aún más y se escondió en una tartana en la que no había nadie. Unos cuantos sacos vacíos le parecieron un lecho magnífico y, absolutamente agotado, se quedó dormido como una piedra. La tripulación regresó en algún momento de la noche y la tartana zarpó hacia Marsella. Y entonces tuvo lugar otro susto espantoso, pues se vio arrastrado de repente por el cuello sobre la cubierta, donde le preguntaron quién diablos era y qué demonios hacía allí. Pero en aquella ocasión la fuga resultaba imposible. Sólo había agua a su alrededor y todo, incluida la costa, no muy lejana, se balanceaba de la manera más alarmante. Intentó explicar a aquellos tres barbudos que trabajaba en la hacienda de Peyrol, pues así se llamaba el granjero, y el niño ignoraba hasta su propio nombre. Como ni siquiera sabía hablar correctamente, lo más probable es que no atinara a hacerse entender. De manera que le adjudicaron el nombre de Peyrol y con él se quedó para toda la vida.