El pirata
El pirata Ahí se detenían los recuerdos de su país natal, oscurecidos por otros en los que se encadenaban multitud de impresiones de océanos infinitos, el canal de Mozambique, árabes y negros, Madagascar, la costa de la India, islas, canales y arrecifes, combates en alta mar y pendencias en tierra firme, matanzas desesperadas, una sed inaudita, navíos de toda suerte, mercantes, fragatas y corsarios, hombres temerarios y juergas descomunales. En el curso de los años aprendió a hablar de forma inteligente y a pensar con coherencia e, incluso, hasta cierto punto, a leer y a escribir. El nombre del granjero Peyrol, asignado a su persona en reconocimiento a su incapacidad para dar razón de sí mismo, adquirió una cierta fama en los puertos de Oriente y, más discretamente, entre los Hermanos de la Costa, esa fraternidad con algo de masonería y no poco de piratería en sus reglamentos. Las palabras República, Nación, Tiranía, Libertad, Igualdad y Fraternidad, así como el culto al Ser Supremo, doblaron el cabo de las Tormentas, que es también el de Buena Esperanza, a bordo de los barcos que venían de la patria: nuevos gritos e ideas que no alteraron el lento desarrollo de la inteligencia del artillero Peyrol. Parecían ser cosas de los hombres de tierra firme, de quienes Peyrol, el marino, tenía muy poca, por no decir nula, idea. Y ahora, tras casi cincuenta años de vivir en el mar, a uno y a otro lado de la ley, el ciudadano Peyrol contemplaba, en el patio de una posada caminera, el último escenario de su infancia. Lo que veía no le causaba animosidad sino confusión, pues no sabía muy bien cómo orientarse respecto al paisaje. «Debe de ser en esa dirección», pensó de una manera vaga. Decididamente, no seguiría el curso de la carretera… Unas pocas yardas más allá, la mujer de la posada le contemplaba bajo la impresión que producían las buenas ropas, las grandes mejillas afeitadas y el aire acomodado de aquel marino. Peyrol se percató súbitamente de su presencia. Por la ansiedad de su rostro, el gris de sus guedejas y su rústica apariencia, hubiera podido ser su madre, tal cual él la recordaba, con la salvedad de que aquella mujer no se cubría de harapos.