El pirata

El pirata

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—¡Eh, la mère! —gritó Peyrol—. ¿No habrá un hombre que me ayude a meter mi baúl en la casa?

Se le veía tan dueño de sí mismo, tan autoritario, que la voz aguda de la mujer le respondió sin vacilación:

—Mais oui, citoyen. Estará aquí en un momento.

En la oscuridad crepuscular, el bosquecillo del otro lado de la carretera contrastaba con la serena claridad del cielo, y el ciudadano Peyrol contempló con la mayor apacibilidad posible el teatro de sus míseros comienzos. Aquí estaba, tras casi cincuenta años, y por lo que le rodeaba, parecía que hubiera sido ayer. No sentía cariño ni resentimiento; sólo una ligera alegría. Y lo que le pareció más divertido fue el pensamiento que entonces cruzó por su cabeza: si tuviera el capricho de hacerse con toda aquella tierra, podría comprar hasta el campo más distante, hasta más allá de donde el sendero se hundía en los eriales que bordeaban el mar, justo en el punto en el que la pequeña elevación del final de la península de Giens asumía el aspecto de una nube negra.

—¡Dígame, amigo! —preguntó con voz autoritaria al campesino de cabello enmarañado que aguardaba para cumplir su voluntad—. ¿Acaso no conduce ese sendero a Almanarre?


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