El pirata

El pirata

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La botadura de la renovada tartana constituyó un acontecimiento. Todos los habitantes del villorrio, incluidas las mujeres, prestaron a ello todo un día de trabajo. En la oscura historia de los días del villorrio jamás hubo uno como aquél, en el que tantas monedas corrieran de mano en mano. Balanceándose entre sus muletas, el tullido vio desde un banco de arena todo lo que pasaba en la playa. Fue él quien convenció a los aldeanos para que prestaran su ayuda, y el que ajustó los términos de aquella prestación. Y había sido él, también, quien, a través de un buhonero de aspecto misérrimo (el único que frecuentaba la península), se había puesto en contacto con unas personas ricas de Fréjus para el cambio a moneda corriente de unas cuantas de las piezas de oro de Peyrol. Había intervenido en el desarrollo de la más excitante y notable experiencia de su vida, y ahora, plantado en la arena sobre sus dos muletas, como si fuera una baliza, vigilaba la última operación. Como si fuera a hacer un viaje de mil millas, el pirata se le acercó para estrecharle la mano y contemplar de nuevo aquellos ojos dulces y su irónica sonrisa.

—Innegablemente, es usted todo un hombre.

—No me hable así, ciudadano —dijo el tullido con voz temblorosa. Hasta entonces suspendido entre sus muletas y con los hombros a la altura de las orejas, no había visto acercarse a Peyrol—. Es un cumplido excesivo.


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