El pirata

El pirata

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Al dejar al tullido y encaminarse hacia la tartana, mientras toda la población del villorrio estaba alrededor de la embarcación, unos en tierra y otros con el agua hasta la cintura, con cuerdas en las manos y atentos a sus órdenes, Peyrol se estremeció ligeramente al pensar: «Supón que hubieras nacido como él». Ese tipo de pensamiento le turbaba desde que pusiera pie en su tierra natal. En otro sitio hubiera sido imposible, pues no había forma de identificarse con un moro bueno, malo o indiferente, fuerte o tullido, rey o esclavo, pero en aquella costa meridional hacia la que se había sentido irresistiblemente llamado apenas cruzara el estrecho de Gibraltar, en lo que entendía que había de ser su último viaje, cualquier mujer suficientemente flaca y vieja hubiera podido ser su madre, y él uno cualquiera de aquellos franceses, incluso uno de aquellos a quienes compadecía o a los que despreciaba. Al saltar a bordo de la tartana cual si emprendiera un largo viaje, en realidad se sentía presa de sus orígenes de los pies a la cabeza. De hecho, sabía muy bien que, con un poco de suerte, todo habría pasado en una hora aproximadamente. Cuando la tartana tocó el agua, el sentimiento de sentirse flotando vibró en las fibras de su corazón. El tullido había convencido a unos pescadores de la Madrague de que ayudaran al viejo Peyrol a tripular la tartana hasta la caleta situada bajo la granja Escampobar. Un sol glorioso brilló aquel breve trayecto y la caleta misma se encontraba radiante cuando llegaron. Las pocas cabras de Escampobar que vagabundeaban por la colina, buscando pasto donde jamás el ojo humano había visto hierba alguna, ni siquiera levantaron la cabeza. Una suave brisa condujo la tartana, joven como la pintura fresca que adornaba su madera, aproándola hacia una pequeña gruta en el acantilado, que daba paso a una rada diminuta, no mayor que una alberca de aldea, escondida al pie de la colina meridional. Y hacia allí fue hacia donde el viejo Peyrol, ayudado por los hombres de la Madrague, que llevaban con ellos sus botes, remolcó su barco, el primero que en realidad poseyera jamás.


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