El pirata

El pirata

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Una vez en ella, la tartana llenó casi por completo la pequeña rada, y los pescadores remaron en sus botes de regreso a sus casas. Peyrol pasó la tarde echando cuerdas a la orilla, y atándolas a los arbustos y arbolillos hasta amarrarla a su completa satisfacción. La tartana quedó tan a cubierto de una tempestad como si de casa en tierra firme se tratara.

Una vez que todo quedó asegurado a bordo y las velas pulcramente plegadas —algo laborioso para un hombre solo—, Peyrol contempló el resultado de su tarea, que más sugería el reposo que la errancia, y lo encontró bueno. Aunque no se había propuesto abandonar su habitación en la granja, sintió que su verdadero hogar se encontraba en la tartana, y se alegró ante la idea de que estuviera oculto a los ojos de todos, excepto, quizá, a los de las cabras cuando su ardua pesquisa alimenticia las conducía a la vertiente meridional. Se entretuvo un rato a bordo, e incluso dejó abierta la puerta corredera del pequeño camarote, que ahora olía a pintura fresca y no a sangre rancia. Antes de encaminarse a la granja, el sol había viajado hasta más allá de España, y todo el cielo era amarillo hacia el oeste, mientras que por el lado de Italia se elevaba una bóveda sombría tachonada aquí y allá por brillantes estrellas. Catherine puso un plato en la mesa, pero nadie le preguntó nada.


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