El pirata

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—En absoluto —dijo Peyrol, volviéndose a quedar petrificado como por encanto. El teniente no se mostró desalentado, ni tampoco sorprendido, cuando la efigie de Peyrol habló de nuevo—: Podríamos ver, de todos modos —para añadir bruscamente—: ¿Piensa quedarse aquí toda la noche?

—Sí… Bajaré a la Madrague y dejaré aviso para que la gabarra que llega hoy de Tolón regrese sin mí.

—No, teniente. Debe usted regresar hoy a Tolón. Cuando llegue allí, consiga de alguno de esos condenados chupatintas de la Comandancia, aunque sea a medianoche, papeles para una tartana, cualquier tipo de papeles y a nombre de quien usted quiera. Después vuelva tan pronto como pueda. ¿Por qué no baja ahora mismo a la Madrague y mira a ver si la gabarra ha llegado ya? Si es así, podría irse y estar de vuelta para la medianoche.

Se levantó impetuosamente, y el teniente le siguió con la duda pintada en todos sus ademanes. El aspecto de Peyrol no tenía nada de animado, pero la severidad de sus rasgos romanos le confería un aire tremendo de autoridad.

—¿No va usted a decirme más? —preguntó el teniente.


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