El pirata
El pirata —Me refiero a todos los franceses —dijo el teniente—. O simplemente, a Francia, a la que también usted ha servido.
Peyrol, cuya pétrea imagen se habÃa humanizado casi contra su voluntad, inclinó apreciativamente la cabeza y dijo:
—Algún plan debe usted tener. Cuéntemelo, si es que confÃa en un pirata.
—No. ConfÃo en un artillero de la República. Se me ha ocurrido que para este importante asunto podrÃamos utilizar esa corbeta que usted lleva tanto tiempo vigilando. Porque es inútil pensar que la flota capturara una vieja tartana de forma que no hubiera sospechas.
—Vaya bobada —apuntó Peyrol, con mayor cordialidad de la que nunca habÃa hecho gala con respecto al teniente Réal.
—SÃ, pero ahà tenemos a esa corbeta. ¿No podrÃamos hacer algo para que se tragaran el anzuelo?… Cualquier cosa. ¿Por qué se rÃe usted?
—Porque tendrÃa mucha gracia —dijo Peyrol, cuya hilaridad fue muy efÃmera—. El tipo ese de a bordo se cree muy listo. Nunca le he puesto los ojos encima, antes pensaba que le conocÃa como si fuera mi propio hermano. Pero ahora…
Se interrumpió. Tras observar el súbito cambio de su semblante, el teniente Réal dijo con gravedad:
—Me parece que se le acaba de ocurrir una idea.